Su estructura era bien sencilla. Una piedra vertical de granito, de donde manaba uno varios chorros de agua. En su frontal un pilón, tal vez dos, del mismo material.
Una ambrosía líquida que nacía bien lejana, en la Sierra. Tan fría que los dientes y el paladar tardaban en reaccionar.

Hasta allí acudían las gentes del lugar a llenar los cántaros con los que poder asistir en las necesidades de la casa. Un trabajo, en muchos casos agotador por su lejanía.
A su alrededor, los animales hundían su áspera lengua y sorbían del manjar antes de llegar al corral.
Su presencia actual en los pueblos invoca la melancolía, aunque es de valorar el mérito de conservarlos, de mantener su memoria y mostrar a los más jóvenes el valor y los valores de sus mayores.
En San Bartolo hay cuatro pilones repartidos por el pueblo. Aunque su servicio ya es menor, todavía siguen cumpliendo su cometido en perfecto estado.
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